
En una ciudad bulliciosa de la antigua Grecia, vivía Damián, un joven aprendiz de orador que soñaba con ser el más elocuente de su tiempo. Admiraba a los grandes discursos políticos y practicaba diariamente frente a multitudes. Sin embargo, cuanto más hablaba, más notaba que sus palabras se perdían entre el ruido y la indiferencia de los demás.
Un día, su maestro, el filósofo estoico Anaxandro, lo llevó a las afueras de la ciudad, a un tranquilo valle donde solo el viento y el canto de los pájaros rompían el silencio.
—Damián, ¿qué escuchas? —preguntó el maestro.
—El viento, los pájaros… y nada más —respondió el joven.
—Exactamente. Aquí, cada sonido tiene su propio espacio, su propio significado. En la ciudad, las palabras se ahogan unas a otras. No es la cantidad de lo que decimos lo que importa, sino su esencia.
Damián reflexionó sobre esto. Comenzó a hablar menos y a escuchar más. Aprendió que el verdadero poder de la palabra radica en la sabiduría que la sustenta, y no en su cantidad o volumen. Con el tiempo, se convirtió en un hombre respetado, cuyas pocas palabras eran escuchadas con reverencia.
Descubrió que la serenidad y el autocontrol eran las herramientas más poderosas de un orador, pues como decía su maestro: «El sabio no grita para ser escuchado; habla con sabiduría y deja que el silencio haga el resto». Así, Damián comprendió que la verdadera elocuencia nace del dominio de uno mismo, una enseñanza que lo guiaría por el resto de su vida.
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